
Seguimos avanzando en el tiempo de Cuaresma, pronto estaremos en Semana Santa. Viviremos nueva vez pero con más conciencia: la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Tendremos la oportunidad de observar cómo el sufrimiento se convierte en caridad, en humanidad y en misericordia. Veremos al hijo de Dios asumir los dolores y pecados de nuestra miseria. Observáremos desde el silencio, al Dios que nos redime, que nos perdona de nuestras culpas y el que es capaz de recuperar nuestra amistad originaria con el Creador.
La Cuaresma es la recuperación del amor primero. Es un proceso de conversión, que comienza en el reconocimiento de nuestra debilidad y termina con un corazón limpio y lleno de la bondad del Salvador. Así como tenemos necesidades de conseguir dinero, ropa, casa y un empleo digno, de igual manera, nuestro interior ve la necesidad de buscar los dones celestiales y espirituales, para elevar nuestras mentes, nuestro ser y todo lo que somos. Porque lo que el ser humano realmente necesita no es lograr tener muchas riquezas, sino tener presente lo que decía el Obispo y mártir, san Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.
En la Cuaresma el amor se levanta. Es decir, el sacrificio de Jesús, vuelve a recordarnos que el maestro no tiró la toalla, no se rindió. No permitió por nada del mundo que se alojara en su corazón el deseo de abandonarlo todo y dejarnos a la suerte del destino. Al contrario, se puso de pie para llevar hasta el final su misión, y regalarnos el camino que lleva a su Padre. Con dolor y cansancio, pero paso a paso, hizo la voluntad de Dios, para dejarnos el sendero trazado para vivir con esperanza y confianza.
Jesucristo ha marcado la ruta, ha diseñado el viacrucis para nosotros. Nos ha dejado las puertas abiertas para que tengamos el valor suficiente para levantar de igual modo nuestro amor. Para que seamos capaces de salir de nuestras tinieblas, miedos y angustias. En otras palabras, nos ha recordado que somos peregrinos de esperanza. Hombres y mujeres, fruto de una experiencia de encuentro real y vivo con Cristo. No seres amargados, tristes y solitarios. Más bien, personas que tienen claro que la última palabra no la tiene la derrota y el fracaso, sino la mirada compasión y fraternidad de Dios.
En definitiva, hay que mantener nuestro amor elevado, sano y lleno de Dios. Por eso, siempre el ayuno, la penitencia y la oración, son las herramientas fundamentales para revitalizar nuestra caridad, para renovar nuestro compromiso con aquel nos amó primero y que creyó en nosotros desde el inicio de la humanidad. Ya lo decía san Josemaria Escrivá de Balaguer, “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”. Y para estar enamorado, siempre será necesario pasar por las pisadas de aquel que su amor todavía en el siglo XXI se levanta y nos encausa…
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Fuente: santiagodigital.net